La guerra en Irán no ha sido épica, por más que Donald Trump haya decidido bautizarla como “Operación Furia Épica”. El nombre parece más una aspiración que una descripción: la fantasía de un conflicto breve, contundente, quirúrgico. Una guerra de esas que terminan antes de volverse problema. Trump insiste en que así será. Pero ni él ni su secretario de Defensa, Pete Hegseth, han logrado explicar cómo se alcanza ese final rápido que prometen. Porque el problema de las guerras cortas no es declararlas, sino cumplirlas.
Tal vez Trump no lo advierte —o no quiere hacerlo—, pero empieza a asomarse una lógica conocida: la de la Guerra de Vietnam. No en términos de despliegue masivo de tropas, sino en su estructura: un conflicto que parecía resolverse pronto y que termina convertido en una trampa de desgaste, con costos crecientes y sin una salida clara.
Trump ha repetido que Irán no tiene capacidad para resistir un ataque sostenido de Estados Unidos. Sin embargo, más allá de la bravata, los hechos empiezan a contradecir la relación: derribos de aeronaves, tensiones en el estrecho de Ormuz y una resistencia que no encaja con el guion de una victoria exprés. Lo que se vende como “operación relámpago” empieza a parecer demasiado a una guerra que se instala.
El cálculo inicial —que la superioridad militar bastaría para intimidar— ha comenzado a mostrar sus límites. Washington ya paga el costo de su exceso de confianza: no sólo en términos militares, sino en credibilidad estratégica. Y aunque la respuesta estadounidense haya incluido operaciones de rescate exitosas, eso no altera el hecho central: el conflicto no se está cerrando.
Ahí está la verdadera señal de alarma. Porque más allá del discurso oficial —“Estados Unidos no están en una guerra interminable”—, lo que estamos viendo apunta exactamente en sentido contrario.
Y esa deriva no es sólo militar. Es estructural.
El impacto ya se extiende a la economía global, donde la presión sobre los mercados energéticos empieza a traducirse en el peor de los escenarios: la estanflación. Trump no está gestionando una crisis coyuntural; está abriendo un frente que combina inflación, desaceleración y volatilidad geopolítica. Una ecuación difícil de contener incluso para economías robustas.
Volviendo al paralelismo con Vietnam —pero en clave del siglo XXI—, esto se perfila como una trampa estratégica: una dinámica de desgaste sin salida clara, con rutas comerciales tensionadas, mercados nerviosos y una retórica que, aunque muchas veces no se materializa, erosiona por acumulación.
El problema no es sólo lo que ocurre, sino lo que empieza a normalizarse.
Porque hay además un trascendido analítico que no conviene perder de vista: esto no es una crisis más en Medio Oriente. Es una prueba de estrés simultánea para el propio Trump. Para su relación con el aparato militar, con el Congreso —incluido su propio partido—, con la comunidad internacional y, sobre todo, con su base electoral.
Ahí es donde la guerra deja de ser geopolítica y se vuelve doméstica.
El aumento en los precios de la energía, la presión inflacionaria y la percepción de descontrol empiezan a filtrarse en el ánimo de sus frecuentes, particularmente entre los más jóvenes, menos dispuestos a comprar relaciones épicas cuando la gasolina sube y los salarios no.
Trump ya había probado esta estrategia antes. La operación “Martillo de medianoche”, el verano pasado, le permitió proyectar fuerza en tiempos acotados. Pero esta vez el tablero es distinto: el cierre del estrecho de Ormuz, la complejidad territorial y el margen de error en la evaluación del adversario hacen inviable repetir la misma fórmula.
Por eso, lo que estamos presenciando no es una escalada puntual, sino el inicio de una guerra prolongada de baja intensidad, sin horizonte de cierre claro. Una guerra que, además, puede convertirse en el detonador de una nueva fase de desorden global —y, de paso, en el punto de quietud económica de su propia administración.
Trump no está decidiendo si continuar o no la guerra. Está decidiendo —aunque aún no lo entienda— qué tipo de guerra va a heredar.
Y eso es mucho más difícil de controlar.
Sus ultimátums lo evidencian: plazos que se anuncian, se incumplen y se extienden; amenazas maximalistas que buscan compensar la falta de resultados concretos. Ayer fue la promesa de destruir un país en un día. Hoy, la expectativa de que esa amenaza produzca efectos que la realidad no está respaldando.
Ojalá todo quede en bravatas. El problema es que, incluso como cuentos, ya están dejando de ser creíbles.
Y cuando la disuasión pierde credibilidad, lo que queda es la incertidumbre.
Sólo hay una certeza en todo esto: las guerras cortas se planean; las largas se improvisan. Y esta tiene todos los rasgos de pertenecer a la segunda categoría.
Tres en Raya
*El mensaje dominical de Trump en su red social no solo es incendiario; es revelador. Amenazar con destruir infraestructura civil —centrales eléctricas, puentes— no es retórica fuerte: es la admisión de una lógica peligrosa que roza el crimen de guerra.
Pero más allá de su contenido, el mensaje exhibe algo más profundo: una forma de ejercer el poder basada en el exceso, en la intimidación verbal y en la confusión entre fuerza y eficacia.
En eso, Trump no innova. Réplica. Basta mirar a Vladimir Putin y la normalización del ataque a objetivos civiles en conflictos recientes. La diferencia es que lo que en otros contextos se ejecuta, aquí todavía se anuncia.
Y, por ahora, se queda en eso: en palabras. Aunque, a estas alturas, ese ya no es un consuelo suficiente.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
ZEE
