Una reflexión sobre cómo México puede aprovechar la creatividad de sus niñas y niños para enfrentar los retos del futuro.
Por Dra. Aurea Karina Ramírez Jiménez, Investigadora en el Centro de Biotecnología del Tecnológico de Monterrey, Campus Querétaro.
Desde que éramos niñas y niños, recordar la urgencia de comprender el mundo fue el inicio de lo que con los años se convertiría en ciencia. Muchos de nosotros tocamos hojas, observamos insectos, mezclamos colores con la misma fascinación con la que años después nos enfrentaríamos a experimentos y ecuaciones. Esa curiosidad natural, que para algunos se queda en el recuerdo, debería ser el motor que impulsa la ciencia que México tanto necesita.
Fomentar la curiosidad desde la infancia no es un lujo cultural, sino una estrategia imprescindible si queremos enfrentar desafíos de la magnitud y complejidad que presentan la inseguridad alimentaria, las crisis ambientales o la salud pública de las futuras generaciones. La curiosidad es el motor primario del aprendizaje y la innovación, una herramienta cognitiva fundamental que impulsa a los individuos a cuestionar, explorar y buscar soluciones creativas a problemas de aprendizaje.
Hoy el mundo corre muy rápido y todo está conectado; por eso, aprender a adaptarnos y compartir lo que sabemos es lo que nos permite salir adelante juntos. Despertar las ganas de preguntar y descubrir en nuestros niños y jóvenes no es solo una tarea escolar, es el compromiso más importante que podemos hacer para que el mañana sea más seguro y sostenible.
Esa chispa de curiosidad es la que formará a los adultos que mañana cuidarán nuestro mundo, dándoles el ingenio necesario para encontrar soluciones a los retos que hoy nos parecen imposibles.
¿Cómo fomentamos una educación que no apague la curiosidad? La transformación que proponemos parte de una premisa: la educación debe cultivar preguntas, no solo respuestas. El sistema educativo mexicano, que de acuerdo con la SEP, es de los más grandes del mundo, suma casi 34 millones de estudiantes y más de 2 millones de docentes, hoy enfrenta retos como la recuperación de aprendizajes y la desigualdad de oportunidades educativas en diversas regiones.
¿Qué muestran los datos? ¿Cuáles son los desafíos urgentes para nuestras infancias en materia educativa? En ciencia y tecnología, los retos se agudizan. De todos los egresados de educación superior, solo 1 de cada 5 obtendrán un grado universitario de áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), un indicador que habla de brechas. Consideramos que impulsar la educación STEM desde edades tempranas —no solo como asignaturas, sino como espacios de proyecto, experimentación y creatividad— es esencial para formar resolver a las mentes que podrán problemas complejos de salud, nutrición, medio ambiente y bienestar social en las próximas décadas.
Hablemos de un ejemplo tan cercano y cotidiano, como generalizado a nivel de nuestra sociedad: la obesidad infantil. Los números no mienten: México enfrenta una crisis de salud alimentaria que involucra desde comportamientos dietéticos hasta enfermedades crónicas emergentes. De acuerdo con el informe sobre nutrición infantil “Alimentando el negocio” del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), alrededor del 18% de niñas y niños entre 5 y 19 años en México viven con obesidad, una cifra que supera el promedio latinoamericano y duplica el promedio global, con una marcada presencia de dietas altas en alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas.
Por un lado, más de la mitad de los menores presentan sobrepeso u obesidad, y solo uno de cada cuatro niños consume suficientes frutas y verduras. Estas cifras no son abstractas: implican vidas, potenciales truncados y una enorme carga sobre nuestro sistema de salud si no actuamos ahora. Pero, ¿por dónde empezaríamos? ¿Qué pasará con esos niños cuando sean adultos?
Un ejemplo de cómo una pregunta curiosa puede convertirse en ciencia con impacto real se encuentra en nuestro trabajo en el Tecnológico de Monterrey. A través del grupo de investigación Food Security & Nutrition, y el laboratorio Sustainable Bioproducts, nos hemos dedicado a repensar lo que muchos ven como desperdicio. Por ejemplo, los residuos de agave que quedan tras la producción de mezcal, tradicionalmente considerados residuos agroindustriales, pueden ser transformados mediante procesos biotecnológicos en proteínas alternativas, con aplicaciones en alimentos funcionales y suplementos que aportan valor nutritivo y reducen el impacto ambiental de la producción alimentaria. Este proyecto fue seleccionado como uno de los 15 mejores del mundo por el Good Food Institute, recibiendo un financiamiento de 285.000 dólares en 2024 para su desarrollo avanzado —un logro que refleja que ciencia y sostenibilidad pueden converger en soluciones reales.
La colaboración con otras áreas del conocimiento y entre instituciones es fundamental para fomentar la creatividad y creación de soluciones. Desde hace 10 años, hemos colaborado con investigadores de la Universidad Autónoma de Querétaro (Dra. Marcela Gaytán Martínez) para desarrollar confitería funcional para el mercado de niños, con alto contenido de fibra y antioxidantes, que ha mostrado modular de manera positiva la microbiota intestinal y disminuir biomarcadores de obesidad en modelos animales.
Nuestra experiencia nos enseña que cuando un problema se mira con curiosidad, desde múltiples disciplinas y con sentido de propósito social, esa investigación puede generar alternativas reales para sistemas alimentarios más saludables, sostenibles e inclusivos.
Como comunidad científica y educativa, hemos aprendido que el conocimiento no se construye en aislamiento. Se construye en colaboración con estudiantes, con familias, con maestros y maestras, con políticas públicas sensibles y con visión de largo plazo.
Si queremos un México justo, saludable y sostenible, necesitamos:
● Fomentar la curiosidad y el pensamiento crítico desde la infancia ya lo largo de toda la trayectoria educativa.
● Promover la ciencia y la educación STEM de forma equitativa, cerrando brechas de género y de acceso entre regiones urbanas y rurales.
● Orientar más recursos y atención a la investigación aplicada que responde a los problemas reales de nuestra sociedad.
Esto no es solo una estrategia educativa, sino una visión de país: un México donde la creatividad natural de nuestros niños y niñas, alimentada por una educación sólida, se convertirá en ciencia que entiende, respeta y transforma su entorno.
Somos conscientes de los desafíos: desde la obesidad infantil que afecta a millones de jóvenes, pasando por las desigualdades educativas estructurales, hasta la necesidad de que más mujeres y niñas se sientan representadas en ciencia y tecnología —algo que sucede en muchos países, y aún mundialmente, en México no supera el 30% de participación femenina en STEM, de acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).
México tiene un enorme potencial creativo —una riqueza cultural, biológica y humana que puede ser la base para soluciones innovadoras. Si logramos transformar la curiosidad de la infancia en ciencia con impacto real, estaremos no solo enfrentando problemas, sino construyendo un legado de salud, prosperidad y bienestar para las próximas generaciones.
Porque, al final, la ciencia que queremos para México nace de preguntas sencillas y replanteadas una y otra vez: ¿qué más podemos hacer hoy para que nuestras infancias tengan futuros más sanos, justos y llenos de oportunidades? Vamos a seguir preguntando, juntos.
